Historia de
Familia
"La familia Prieto o las celadas del amor"
Por Graciela Azcárate, Periódico Hoy, Revista En Sociedad, sábado 31 de enero de 1998
"Le recordó que los débiles no entrarían jamas en el reino del amor, que es un reino inclemente y mezquino, y que las mujeres solo se entregan a los hombres de animo resuelto, porque les infunden la seguridad que tanto ansían para enfrentarse a la vida."
"El amor en tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez.
Parado frente a la casa de los Capó de Antonzantti, Esteban Santos Prieto Casas supo que no habría retorno. Las estratagemas del amor son tan largas y extremas y agudizan el ingenio de tal manera, que no halló mejor argucia que recurrir a las reposterías y panes que su madre le enseñó antes de morir, para llegar a su enamorada. Si las señales del amor pueden cabalgar por los hilos de conjuro de un telegrafista de Aracataca, hay otras celadas que tiende el amor y pueden llegar enquistadas en la fragante masa del pan. Por eso, frente a la casa de los padrinos de Carmelita Buenaventura Peña Peña, Esteban Prieto arregló su largo bigote, y le dio un toque a la caja con el bizcocho, que en el interior guardaba la carta con la declaración más encendida de amor y una propuesta de matrimonio.
Si la bella Ponceña daba el sí, atrás quedaba España, León, su orfandad y el señor obispo enfurecido. Había nacido en la región de León, a caballo de dos pueblitos enterrados en la meseta castellana: Villamañán y Valdevimbre. Del primero provienen los Prieto y los Casas del segundo. Esteban Prieto era hijo de Pablo Prieto y de María Casas y ambos poseían una panadería en el centro del pueblo. Al morir la madre, el padre volvió a casarse y decidió internar a Esteban en un convento católico y a su hermana Gertrudis en un noviciado.
Avanzado estudiante del seminario, todo hacía prever que tomaría los hábitos en poco tiempo. Sin embargo el futuro se tergiversa cuando un tío sacerdote, apodado el Curón, por su gran tamaño, lo invita a una tarde de toros. La tarde de toros le cuesta el seminario y le cambia la vida. Los estudiantes del seminario tenían prohibida esa actividad y al enterarse el Obispo Superior de la Diócesis de León de su escapada taurina, ordena que se le reprueben todas las materias y lo obliga a repetir el último año. Premonición o advertencia, Esteban Prieto casas entra en rebeldía. Ni tonsura, ni cirios, ni seminario: la vida sigue en América.
Entusiasmado por los relatos de un amigo, embarca rumbo a América. Hace escala en Islas Canarias, y de allí a Puerto Rico. Se instala en la ciudad de Ponce, donde vivía un amigo con el cual emprende el negocio de panadería y repostería que había aprendido de sus padres. Alquimia perfecta de harina, levadura, leche, miel y jengibre. Fragancia de pan recién horneado, conjuro de tierra amable con el corazón dulce de la melaza. Y la vida se enrumba por los desafíos que le planta una ponceña de origen español e isleño, por cuyas venas corría sangre alemana y holandesa. Carmen Peña Peña vivía en casa de sus padrinos los Capó de Antonzantti, pues sus padres habían muerto cuando era muy pequeña.
Como no la dejaban salir con extraños, el joven panadero no halló mejor camino al corazón que una repostería para guardar la carta de amor y su propuesta matrimonial. En marzo de 1900, ante la Oficina del registro Civil de la ciudad de Ponce, Esteban Prieto Casas y Carmela Buenaventura Peña Peña, contrajeron matrimonio civil y ese mismo día se embarcan para rumbo a República Dominicana, arribando a fines de marzo a san Pedro de Macorís. En San Pedro de Macorís y La Romana trabajó para los ingenios de caña, siendo administrador de diferentes bodegas en los bateyes. Allí nacen sus hijos: Esteban en 1901, Jose María en 1904, Rafael Pedro en 1907, Manuel Emilio en 1909, Blanca María del Carmen en 1910, Ramón Julio en el 1913, Jose Antonio en 1915, y por ultimo Luis Guillermo en 1917.
En 1908 trajo a su hermana Gertrudis que vivía en un convento de monjas. En el Hospital de San Pedro de Macorís, conoce a un gallego con el que se casa y procrea mellizos pero mueren. Luego nace Juan Pablo. En 1929 regresan a España y se instalan en La Coruña. Esteban es invitado por los primos Arévalo Casas, que Vivian en Panamá, para que pruebe fortuna en ese pais centroamericano.
Pero no se siente a gusto y les ofrece, en cambio, que ellos se trasladen a Santo Domingo y vean las posibilidades de trabajo.
Emprendedores y trabajadores, trajeron vehículos e incursionaron en el negocio de los refrescos, convirtiendo las empresas de venta de gaseosas en un emporio. Entretanto, Esteban Santos se dedicó al negocio de fabricación de dulces, panes, bizcochos y destilación de alcoholes. Fue uno de los fundadores de la Casa de España en San Pedro de Macorís,. Muy joven aún, enfermó y murió a la edad de cincuenta y un años, en 1933.
Carmelita al enviudar se traslada con sus hijos, a vivir a Santo Domingo en los alrededores del Convento de los Dominicos. El primogénito, Esteban, casó en primeras nupcias con Victoria Sánchez Moscoso y en segundas nupcias con Carmen Mejía Luna. A la hora de su muerte estaba casado con la puertoplateña Nidia Mera. Jose María, el segundo, se fue a vivir a los Estados Unidos y casó con Agnes Conde, de origen puertorriqueño. Luego casó con la española Soledad Alvarez. Rafael Pedro casa con Isabel González, en San Pedro de Macorís; Manuel Emilio casó con la macorisana Hortensia Caldentey Ordoñez; Blanca María del Carmen casa con el capitaleño Alejandro Ibarra Ramírez; José Antonio se casa con Belén Amada Durán Amiama; Ramón Julio y Luis Guillermo se casan en 1945, con Margarita Vicioso Bonnet el primero y el segundo con la puertoplateña Aída Lucía Nouel Romero. De los amores de Esteban, el panadero español y Carmelita, la ponceña, nació una familia de ocho hermanos que procrearon veinticinco hijos, cincuentinueve nietos y trece biznietos.
Dedicados a los negocios, la diplomacia, las navieras, la construcción civil, el turismo, la filosofía, los seguros, la arquitectura y la administración de empresas. Dentro y fuera del país los Prieto han conservado el gusto por los sazones de la comida española, el orgullo de provenir de allí y el encanto de haber fundado algo nuevo en tierra caribe. La abuela Carmelita se negó siempre a inscribir a sus hijos en la legación española o americana, pues temía que las guerras se lo arrebataran, como un hermano desaparecido en la guerra del Pacífico. Con la levadura especial del panadero Esteban Prieto y la harina perfumada de Carmelita de Peña, el amor horneó un pastel de Ambrosia. Con toques de almíbar puertorriqueña o encantos de torrejas españolas, ellos lograron cocinar un pan de dulzura.
Las celadas del amor tienden sus trampas, y en ellas cayeron un seminarista español y una joven boricua. Entre los dos amasaron el pan fragante de una familia proteica y nutricia y como el milagro de los peces y los panes, han logrado reproducir las semillas del ejemplo, la sabiduría y el tesón.