La familia Prieto
Edificaron días, esperanzas, árboles, hijos, pájaros, canciones....
Por Graciela Azcárate
El río entonces una madrugada
fue despertado por extrañas voces,
palabras dulces o ásperos sonidos,
el aire anduvo averiguando qué
demonios sucedía, que lenguaje
lo trizaba en cristales asombrados,
mientras los inmigrantes descendían
con los pantalones castigados,
los bolsillos llenos de nostalgia y
unos sueños, los pocos permitidos por
a Companía de Navegación.
Aquí vinieron italianos, turcos,
árabes, rusos, búlgaros, judíos,
eslovacos, polacos, españoles,
con los dedos del hambre en la
mejilla,
con la lágrima seca en el pómulo,
con las espaldas hartas del fusil,
del knut, del palo de la policía,
aquí vinieron, construyeron casas,
relojes, edificaron días, esperanzas,
árboles, hijos, pájaros, canciones ...
"Un viejo asunto'" de Juan Gelman del libro Violín y otras cuestiones.

icen que en el
exilio, y no importa de que signo sea, económico, político o personal, uno se muere dos veces. Se muere al
partir y se muere por segunda vez cuando empieza el olvido. Será por eso, tal vez que en casi toda
latinoamerica, hay multitud de valijas, maletas, cajas, donde se guardan de
manera desordenada, sin orden ni concierto, fotografías y cartas amarillas por el
tiempo y la soledad. A modo de conjuro tratamos de no olvidar, de apresar por un
instante otro tiempo, convocando a la memoria, luchando contra el olvido,
intentando no volver a morir.
Todos hemos convivido con viejas cómodas, que en algún rincón de la casa,guardaban en el interior descomunales mazos de cartas, atadas con cinti- tas, hojas, fotos, sobres escritos en lenguas extrañas, con destinatarios lejanos que eran nuestros abuelos o más allá- También hubo algún pariente desaprensivo, o simplemente ignorante, que las quemó sin saber que en ese acto carente de sentido, simbólicamente se le iba un trozo de vida o un pedazo de corazón o que simplemente se moría un poco más.
Somos hijos del exilio y como tales llevamos en duermevela a los nuestros, más allá de la rutina, de¡ gesto cotidiano o de la norma.Pero en los nuestros, el exilio crece de distinta manera, para algunos es dorado, para los más es olvido, pena e incertidumbre, para otros es una nueva vida, o simplemente una forma de volver a empezar.Para algunos es nostalgia, melancolía y silencio y para otros es trampolín al futuro.
Como un caleidescopio, el exilio a lo largo del siglo presenta míl caras, de ángulos diferentes, como diferentes son las personas y las circunstancias del corazón. En el caso de la fa- nfifia Prieto, se remonta a los oscuros siglos de las Cruzadas y de los caballeros que peregrinaban a Tierra Santa.
En el siglo XIV, en el lugar de Cabáceno, aparecen documentos los Prietos tienen un solar y escudo de armas y estón enrolados en las cruzadas. Escudo de armas que es premonición, porque se compone de un castillo sobre un río, dos lobos negros, cinco conchas sobre el agua, una cruz, una bandera, otra cruz que parece de la inquisición y ocho aspas por orla. Ríio de agua azul, que los, llevaría al a luchar, en Andalucía conra los moros, o a las puertas de Jerusalem con los Caballeros de la orden de calatrava.
Como el río que es emblema de su heráldica, los Prieto recorren la provincia de Santander,Vizcaya, Asturias y Burgos. En el siglo XVII hay un Capitán General en Nueva Granada, un obispo en Paraguay, otro en Cerdeña un gobernador en Chiapas y otro en Tenerife. Emblemático, el río azul y plata confluye en Esteban Santos Prieto y Casas, que en 1898 se embarca como inmigrante hacia América.
Dicen que
en el exilio, y no importa de que signo sea,
económico, político o personal, uno se
muere dos veces.
Se muere al partir y se muere por segunda
vez cuando empieza
el olvido...
Como un río de llanura
que describe Iargos meandros, la vida de los Prieto siguió discurriendo, como la cinta de plata del escudo, tocando Puerto Rico, Santo Domingo y San Pedro de Macorís. En 1916 la invasión norteamericana a Santo Domingo, particularmente feroz y sangrienta en el este, decide a Esteban Prieto Casas a mandar a su esposa e hijos a radicarse a Mayaguez.En Puerto Rico estudian los tres hijos mayores, Esteban, José María y Rafael. El derecho de primogenitura español, practicado por Esteban Prieto Casas, empuja al segundo hijo, José María, a emprender el exilio hacia Nueva York. Cuatrocientos años atrás, los segundones de las casas españolas fueron la carne fundadora de América, precisamente por no encontrar ubicación social en la escala jerárquica de la sociedad de su tiempo.
En 1930, José María Prieto Peña, radicado en Estados Unidos, casa con la puertorriqueña Agnes Conde. De esa unión nace Agnes Margarita Prieto Conde Armstrong.
Su hermana, Blanca Ibarra Prieto, lo recuerda, tocando el piano en una fiesta de hallowen en Nueva York, cerca del mar y del agua, por la que sentía especial atracción. Divertido, musical y bullanguero, vivió Ios años de postguerra, 1927, boleros, música, mientras su contemporáneo Bola dé Nieve desgranaba en los cabarets de La Habana, las canciones que el tocaba en el piano :
He renunciado a tí, ardiente de pasión,
no se puede tener conciencia y corazón.
Hoy que ya nos separa la ley y la razón,
si las almas hablaran, en su convenación
las nuestras se dirían, cosas de enamorados,
no puedo ser feliz, no te puedo olvidar.
Poco tiempo después, esta unión se disuelve y la Segunda Guerra Mundial levanta un muro de silencio e incomunicación entre aquella comunidad conmocionada por los campos de concentración, la guerra y el exilio europeo.
A finales de la década de los cuarenta, los hermanos Ramón Julio y Este- ban viajan a Japón y Nueva York representando a una companía japonesa; Blanca Prieto y Alejandro Ibarra; Manuel Emilio Prieto y Hortensia Caldentey; José Antonio Prieto y Belén Amada Durán Amiama, salen también al exiliio en busca de mejores horizontes. Algunos regresan al poco tiempo, otros se quedan para siempre y otros dejan pasar los años antes de regresar.
José María Prieto fundó una nueva familia y casó con Soledad Alvarez, unión de la cual nacieron: Richard Víctor, Ramona Lorraine y Ronald George. Richard está casado con Susan y tienen dos hijas, Ronald está casado con Jeannete y tienen dos hijos, un varón y una niña. Ramona no tiene hijos.
José María Prieto, a quien su familia llamó Tio Pepito, vivió toda su vida de exilio en Nueva Jersey, junto al mar. Trabajó durante más de treinta años en la companía naviera Sealand. Murió una tarde de abril de 1992. Cuando su familia ordenó sus pertenencias, encontró una maleta donde había guardado por más de cincuenta años la historia de su exilio.
En el río que es la vida, los Prieto fueron creciendo y diseminando la cinta azul de su emblema; desde Tierra Santa, Andalucía, Tenerife, Mayagüez, Santo Domingo o Nueva York, los hilos de la vida tejieron una urdiembre en la que quedó dibujado el contorno de una familia que ha buscado siempre un mundo mejor para sí y los suyos.
Como Esteban Prieto Casas, que decidió no ser cura, sino panadero y emigró para hacer una nueva vida en América. Como Carmelita, que en 1916 para proteger a sus hijos del invasor, como Gertrudis Prieto Casas, que vino a vivir con su hermano pero que no pudo con la nostalgia y regresó a la Coruña, como su hijo Juan Pablo Prieto, que volvió a San Pedro de Macorís sesenta años después, o como José María, que siguió la ruta de los segundones castellanos, aquellos que peregrinaron al Nuevo Mundo, sin volver la vista atrás.Fieles a sí mismos, han seguido el largo río del exilio, que no es más que el sinuoso camino de la vida. Aquel exilio, del que el poeta antillano Saint-John Perse habló, para definir la vida del hombre: Exilio no es la imagen de La Resistencia. Es un poema de Ia eternidad, del exilio en la condición humana. Al fin de cuentas, el hombre nace en la casa pero muere en el olvido.